Al rescate

Al subir a la pequeña barca, ya sabía cuál era mi misión: rescatar sólo a un hombre de aquel inexplicable naufragio que sucedía en medio del mar Caribe.
Me calcé el chaleco salvavida de rigor y me entregaron, a su vez, un rifle para hacer lanzamientos de cuerdas en operaciones de rescates náuticos. También era consciente que tendría sólo un disparo, así que no podía darme el lujo de fallar.
barcaAvanzamos mar adentro, iluminados por un cielo celeste y limpio que parecía fundirse en los bordes azul turquesa de aquella enorme masa de agua cristalina.
Hacía calor.
Cuando por fin divisamos al barco con la tripulación en peligro, unos cien metros antes de llegar, el capitán detuvo la pequeña barca.
Desde ese lugar debía lanzar la soga. Tenía que ser precisa. Insisto, no podía fallar.
Me angustiaba un poco toda la situación. Desde esa distancia, me resultaba imposible divisar en detalle los rasgos del hombre en cuestión. Y a la vez ¿por qué sólo salvar a uno? ¿qué pasaría con el resto de los tripulantes? Tampoco tenía mucho tiempo para cuestionar. Los segundos corrían.
Observé por la mirilla y allí estaba él. Como esperando mi disparo. Era alto y delgado, pero insisto, no podía ver su rostro.
Respiré profundo, hice foco sobre su silueta, más o menos a la altura de sus hombros, y apreté el gatillo. Al soltar la respiración, pude ver como partía a toda prisa y en línea recta aquella delgada soga.
Él la agarró en el aire y en forma inmediata se lanzó hacia el mar, dejando atrás ese barco blanco de destino fatal.
Pero una vez sumergido en las aguas calmas del océano, el joven divisó a otro hombre, ya mayor, también delgado pero de cuerpo más menudo, luchando también por salir a la superficie. Era otra situación, sin duda, inesperada.
El joven tampoco disponía de muchos recursos. Sabía que la soga sólo soportaría el peso de uno de los dos. Frente a esta nueva disyuntiva y ante al riesgo de perderlo todo, el joven igualmente decidió estrecharle su mano.
Se miraron a los ojos y quedaron enlazados por unos segundos.
Pero el hombre mayor, al parecer más sabio, supo leer la nobleza del hombre joven y miró hacia abajo. En el fondo del mar lo esperaba un enorme cofre de madera, similar a los que suelen buscar por siglos los piratas legendarios, en las aventuras más osadas.
El hombre mayor decidió abrir su mano y descendió.
El joven se permitió observar unos segundos toda esa escena. (Era una bella escena).
Luego, alzó su cabeza hacia los rayos del sol y nadó en busca del oxígeno que le permitiese salir a flote.
Cuando por fin yo,
desde mi pequeña barca,
estaba a punto de divisar su rostro
a salvo
y fuera del agua…,
                             me desperté.   

25 -07-2013.

 

 

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